Cuentan las malas lenguas en mi familia, que cuando apenas contaba con año y medio de edad y mientras mi madre ultimaba unas compras en unos grandes almacenes, mi padre me llevó con él a tomar un aperitivo para hacer tiempo. Le pusieron, acompañando a la bebida, cuarto kilo de gambas que me dio a probar.
La sorpresa, para mi padre, los camareros y todos cuantos en aquel bar se hallaban, fue mayúscula al comprobar que aquella niña en carrito comía gambas a la velocidad del rayo.
